No es predecible el número, ni la calidad, ni el momento en el que el azar pone a nuestro alcance el descubrimiento de uno o dos nuevos nombres a tener en cuenta en música, en literatura, en cine, o en cualquier otro campo artístico. Esos nombres aparecen un día, con pronóstico o sin él (en el mayor de los casos), y las líneas que los hacen converger con nuestra vida suelen ser igualmente imponderables. No puedo sospechar cuándo ni cómo el devenir de los acontecimientos me regalará un nuevo nombre, y esta circunstancia hace de cada hallazgo una experiencia independiente, un entramado nuevo de causas y efectos que abriga parte de lo que comprenderá más tarde mi propia y customizada percepción personal. El tiempo y la música: extraña relación, extraña simbiosis.
Esos primeros capítulos de conquista, allá en la adolescencia o más tarde, cuando nuestro interés por determinados artistas empieza a demandar una clasificación y un archivo mental urgente, cada nuevo hallazgo brilla con luz vívida, con voz sonora y propia. Así, los primeros mundos a los que arribé y examiné tenían más poder y autonomía que sus sucesores, por cuanto hasta el momento conformaban la única representación conocida de determinadas texturas musicales. Esos nombres quedaron en mi backup histórico como monumentos de piedra:
Led Zeppelin,
Pink Floyd,
Camel,
Kansas,
Renaissance, etc. A los que luego fueron sucediendo otros muchos, de calidades variables.
Al barco de
Led Zeppelin se sumaron más tarde
Cactus,
Budgie,
Robin Trower,
Tempest,
Skin Alley, y otra larga lista de hacedores de ese tipo de rock con regusto añejo y con la belleza de las piedras en bruto.
A
Pink Floyd,
Camel,
Yes,
E, L & P y toda la trinca de primeras espadas del rock progresivo les sucedió también otro buen número de bandas y solistas de más anonimato.
La calidad musical dejada por esa segunda hornada en mi educación, y de más discreta apariencia en los medios no es, en el mayor de los casos, proporcional a su difusión. No hay misterio alguno en el hecho de que no necesita un producto tener cierta calidad para estar en boca de todos, ni que un producto cuidado sea sinónimo de popularidad. Toda esa multitud de bandas extraordinarias que hoy ignoran las nuevas generaciones había sido maldecida por alguna de las semillas del mal de márketing: o bien trabajar una estética musical más introspectiva (
Soft Machine,
Gong,
Nucleus) o no saber o no haber sido capaces de dejar su producto más allá de los libros de historia y las tertulias entre discófilos o allegados (
Spooky Tooth,
Todd Rundgren). El por qué un grupo tan fino como
Spooky Tooth no ha logrado la repercusión de unos
Rolling Stones es una incógnita que se despeja sólo vagamente cuando se tienen presentes factores extramusicales. Que bandas como
It´s a beautiful day,
Gracious, o
Atomic Rooster hayan quedado casi exclusivamente a merced de la contemplación friki, explica, entre otras cosas, de qué tipo de mercado estamos hablando: aunque amparado tras las banderas de la creatividad, el talento y la imaginación, el negocio musical es otra mentira más comparable a la de cualquier otra entidad capitalista de menos recato. A la progresiva degeneración de los principios de estas entidades hacedoras de dinero se suma la siempre admirable capacidad de adaptación de los nuevos clientes. Las jóvenes hornadas de bandas de rock, jazz, pop, incluso de nuevos compositores en el ámbito clásico, son cada año
más infames (con muy escasas excepciones). El cliente neófito, por su parte, carece de las referencias oportunas para una comparativa eficaz y por tanto es incapaz de ponderar la degradación. Si únicamente se juzga lo nuevo, si lo nuevo conforma todo escaparate sometido a evaluación, entoces sólo nos queda aceptarlo con ignorada resignación; Careceremos, no obstante, de un ojo crítico completo, bien informado, de una relación entre informaciones de varias fuentes y tiempos.
La música comparte esta enfermedad con la literatura, el cine, la pintura.
Puede suponerse erróneamente que ésta circunstancia atañe exclusivamente a la música popular (y dentro de popular incluyo el jazz o el flamenco entre otras). La llamada música clásica, que en nuestros días recoge muy variadas plantillas instrumentales, combinaciones tímbricas y rítmicas, y concepciones intelectuales de lo más varipintas, esa música clásica de hoy que hace tiempo debió mudar su nombre si no fuese porque le añadimos la extensión de contemporánea (aunque la expresión resultante pudiera ser antitética en sí misma), esa música sólo es un poco menos sensible a los cánceres comerciales y sociales que aquellas otras. Año tras año, y alimentada por autocomplacencias de diversa índole, produce centenares de obras que no han sido otra cosa que el producto de un simulacro de expresión personal guiado y limitado por las modas del momento, es decir, el producto de una expresión impersonal. El joven compositor, cuyo único afán es ser recordado entre los que dejaron huella en la evolución musical, se ve tácitamente impelido e incluso obligado a rechazar como principio la tonalidad, las formas musicales clásicas; el ámbito cultural que le rodea le empuja a utilizar cuantos recursos novedosos encuentre a su camino, incluso a tratar de inventar nuevas técnicas si quiere ser aceptado dentro de la selecta comunidad que representa la vanguardia y el modernismo del momento. Estas urgencias empujan, generación tras generación, a la creación de toneladas de extravagancias sonoras, juegos anodinos y demostraciones vacuas que dejan al creador en la triste posición del que, en realidad y finalmente no expresó su yo interior a través de los sonidos, sino que se limitó a intermediar entre una moda absurda y el público.
La tan cacareada libertad expresiva contemporánea es tan inquisidora como aquellos arcanos inatajables que recogían los libros de armonía o contrapunto pretéritos, tan destructiva y contaminante como cualquier otra censura. Con la diferencia de que la vanguardia contemporánea posee una coartada infalible, la misma coartada de que se puede ver valerse a otras muchas comunidades en otras áreas artísticas. Más o menos, el panfleto viene a ser: "La expresión en arte es libre. Las formas clásicas no son necesarias. Sólo cuenta lo que nuestro interior quiera decir. Los límites impuestos por unas reglas oprimen nuestro potencial de abstracción", etc, etc. Añadiría incluso que el 90% de los mediocres que dicen ser artistas no podrían ampararse en esta idea sino con palabras y conceptos más vulgares. Como bandera es perfecta. Los límites de simplicidad no existen, tampoco los de los recursos a utilizar. Aunque esto es discutible o relativo desde varios puntos de vista, nos vemos obligados a darlo por válido como idea de trazo grueso. No es que no esté de acuerdo con ella, lo que denuncio es su abuso, o su uso para enmascarar la carestía de lenguaje interior, la pobreza de un yo expresivo.
Hace siglo y medio el valor de un artista se veía reflejado en su propia obra; había una relación directa indiscutible entre la calidad de una obra y su creador. Este principio, que parece una obviedad de exposición innecesaria, yace hoy en lugares dormidos y recónditos del sistema mediático-artístico imperante. El márketing industrial y también el márketing doméstico, tienen el poder de tomar cualquier producto