lunes, 8 de diciembre de 2008

¿Película o exposición pictórica?


Si tengo que valorar un motivo por el cual Kubrick es uno de mis directores favoritos, es que poco se preocupó por el impacto que cada una de sus películas iba a causar en el público mayoritario. Kubrick fue un esteta, como creador y como consumidor de arte, y esto es notorio en su enfoque cinematográfico. Los tiempos en los que un film se impregnaba de labor artesanal y manifestaciones estéticas casi se han extinguido. Barry Lyndon constituye un documento que bien pudiera ilustrar esos tiempos, en los que los realizadores se encontraban tan ligados al siglo XX como al XIX, en los que las nuevas generaciones de realizadores surgidas entre los años 60 y 70 se veían en el trance de dejar huella histórica, una huella vanguardista, fresca, renovada, a partir de toda la cultura absorbida del pasado, desde el más próximo (todo el cine producido y estudiado hasta sus respectivos primeros films) hasta ese otro pasado que imaginamos regado de grandes pilares con nombres principalmente germánicos. Esta generación encuentra un inmenso representante en la figura de Kubrick, quien parece querer rubricar en Barry Lyndon una cúspide de perfección técnica aún más arriesgada incluso que en sus antecesoras, 2001 y La Naranja Mecánica, por cuanto en esta ocasión se sirve exlusivamente de luz natural, y el encuadre de cada plano está escogido con sumo cuidado.

Con todo, estas prioridades visuales contaminan el resto de los componentes del film, tales como las interpretaciones, que oscilan entre lo poco destacable y lo mediocre, o el ritmo, artificiosamente lento. Kubrick parece querer hacer una película con cuadros de época, de modo que sus personajes y entresijos terminan por volverse tan estáticos como los de un lienzo del siglo XVIII. En otras palabras, relata una historia situada en cierto lugar histórico bajo el prisma de irrealidad con que envestimos en nuestra imaginación a aquellos antepasados cuyo arte plástico nunca ilustraría con fidelidad su verdadero carácter, mucho menos sus ademanes y expresiones cotidianas.